La complejidad de la novela con la que inicio mi reseña se debe al estilo con el que está escrito, con traducción de Jaime Zulaika, un estilo con un periodo sintáctico largo y una meticulosidad en la descripción de los detalles bastante cansina, pues el autor se ha documentado con esmero sobre operaciones de neurocirojía y apabulla con primorosa delectación al lector con operaciones repletas de tecnicismos a cráneo abierto. El grueso de la novela son sus reflexiones y sus recuerdos al hilo de la actualidad cercana, una actualidad que está marcada por las referencias a la guerra de Irak, a las mentiras de los gobiernos occidentales, al miedo a la pérdida instantánea de todo por los ataques terroristas. Así, el narrador configura una historia en la que los recuerdos privados del personaje principal se alternan con la secuencia de los acontecimientos públicos que ocurrieron en Londres en un sábado 15 de febrero de 2003.

La reflexión no escamotea las polémicas del momento, la conciencia del personaje alude a los miedos de un occidental post 11-S sin tapujos, muestra sus prejuicios, sus ideas conservadoras, en ese sentido no se esconde la ideología conservadora, sin estridencias ni concepciones radicales, dentro del buen juicio que se le supone a un neurocirujano culto y respetuoso.
De la novela destaco, además, dos aspectos que se tocan tangencialmente, pero que considero imprescindibles por que dan una idea de cómo núcleos temáticos secundarios son los que conforman el corpus ideológico y axiológico de una obra. Me refiero al gusto sibarita por mostrarnos un cosmos musical elitista y sugerente( por cierto, algunos pasajes relacionados con la música son lo más logrado del libro, evocadores y envolventes) y a la muestra de un mundo dominado por la adicción al trabajo, al estímulo que produce el trabajo bien hecho, la dedicación plena y segura a una profesión magnífica. En conjunto, nos muestran los valores y las ideas de un liberalismo liviano y poco agresivo.
Por último, y sin realizar spoiler tan temidos por los lectores, deja un grato sabor el matizado humanismo compasivo que plasma el desenlace de la novela. Un saludo de el Criticón lector.
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