viernes, 20 de mayo de 2016

"ANA KARENINA". LEÓN TOLSTÓI

     Reseñar una novela de estas dimensiones, tanto cualitativas como cuantitativas, siempre me resulta algo absurdo. En una reseña no cabe todo lo necesario e importante que se puede contar, criticar, alabar o valorar de un libro así. Es una novela tentacular, que con sus numerosísimas ramificaciones acapara la realidad rusa de su momento con vivificante penetración psicológica, social y filosófica.

     La trama es muy conocida,  pues ha sido leída y llevada al cine en muchas ocasiones; la  historia de amor al límite de Ana Karenina ha sido considerada por numerosos críticos como una de las novelas más importantes de todos los tiempos, ha sido analizada y valorada por estudiosos de todas las nacionalidades y el aprecio contemporáneo se sigue manifestando con nuevas versiones cinematográficas como la protagonizada por Keira Knighley recientemente.

     Es legendaria su frase inicial, probablemente uno de los principios más conocidos de todos los tiempos. " Todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera". Yo no puedo quedarme sin decir que su frase final, también debería haber quedado en el recuerdo colectivo por su intensidad y su idealismo. "...y cada minuto de mi existencia tendrá un sentido incontestable y profundo, que podré imprimir a cada uno de mis actos: el del bien."

     La novela es toda una tesis sobre las relaciones humanas: las relaciones de la clase social dominante, las relaciones familiares y, fundamentalmente, las relaciones de pareja.

     En cuanto a las relaciones de la aristocracia y la alta burguesía rusa, la percepción de lo que pretende Tosltói mostrarnos es que están presididas por la hipocresía y por la falta de honradez. Las relaciones son artificiales y con ellas choca el personaje de Lievin, probable alter ego del autor. La vida de corte se manifiesta diferente en Moscú que en San Petersburgo, la primera más gris que la segunda, presidida por un clima más  informal y refinado. Pero tanto en una como en otra ciudad la apariencia y lo superficial se tienen más en cuenta que los verdaderos sentimientos, que se esconden o, como le ocurre a Ana, se estigmatizan.

     Las relaciones familiares también se observan con precisión quirúrgica, estéticamente tratada. Relaciones entre parientes, cordiales pero superficiales; relaciones entre hermanos o hermanas, en donde pese al amor hay una constante incomprensión; relaciones en el matrimonio, del que vemos varios ejemplos: Alexey y Ana, matrimonio semiconcertado que acaba en la ruina; Oblonski y Dolli, claro ejemplo de lo que significa la lejanía entre los consortes; y, sobre todo, Kitti y Lievin, en donde el amor se nutre de numerosos elementos que complejizan la realidad de la vida matrimonial.

     Pero la novela es principalmente grande por el relato, complejo y caleidoscópico, de las relaciones de dos parejas: Vronski y Ana y Lievin y Kitti. El primero, como toda novela realista decimonónica que se precie de serlo, es el fruto de un intenso amor que surge fuera del matrimonio. El adulterio como tema. El segundo, la historia de un amor conseguido por el esfuerzo y la rectitud. Si mientras en la primera relación vemos un progresivo deterioro de la misma, pese a brotar de un amor potente y verdadero, en la segunda de las relaciones vemos como los lazos se van fortaleciendo. No me atrevo a afirmar con absoluta seguridad que hay una crítica a las pasiones románticas, pero algo de eso puede haber. Y no me atrevo porque el personaje de Ana sale muy bien parado a menudo, es humanamente mirado por el autor, al retratarlo como un ser más inteligente que los que tiene a su alrededor, aquellos que hacen alarde al juzgarla impresentable en sociedad. El hecho de que se convierta en una paria encerrada en su habitación de hotel, en muchos pasajes del libro, o alejada en el campo,  la hace a ojos del lector objeto de solidaridad. La tragedia de Ana es precisamente esa, la soledad a la que se ve condenada, por el único motivo de amar. Su vehemencia en el amor la trastornarán y el demonio de los celos acabarán por destruirla. Desde esta perspectiva, la penetración psicológica en la evolución de Ana, con su ciclotimia sentimental, sus encuentros y desencuentros con Vronski, es la mejor parte del libro. Vronski, la otra parte de esta relación, es el paradigma del triunfador social, que desgraciadamente acabará destruido por la misma. En sentido contrario, Lievin, que no se encuentra a gusto en sociedad, que está en su hábitat apartado como aristócrata de provincias, trabajando en el campo, en una especie de beatus ille productivo y repleto de trabajo, no de descanso, tiene numerosos problemas de conciencia, ataques de filosofía y un sentimiento trágico de la vida que se agudiza tras la muerte de su hermano. Pero Lievin, en una especie de apoteosis de conversión, encuentra en la fe el camino de su propia salvación. La lucha interior de Lievin es también algo muy logrado, con pasajes de estilo indirecto libre y monólogos interiores que reflejan con maestría el debate -eterno y antagónico - entre el escepticismo cientificista, y las creencias religiosas. Lievin en definitiva es el retrato de un buen hombre, el ejemplo de la honradez intelectual y de acción. La escena en la que Kitti mira a su hijo bebé y le dice que lo mejor que puede hacer  en su futuro es parecerse a su padre rebosa de ternura.

     En la novela hay tres críticas claras y muy patentes: a la hipocresía, como ya dejé escrito anteriormente, al parasitismo, el ejemplo del bueno de Oblonski es claro, y a los excesos, se muestra a un pueblo ruso bebedor y soterradamente carnal.

     En cuanto a los tentáculos múltiples de la novela, esta toca la dura vida del campo, la importancia del dinero y su derroche en la ciudad, la vida de los funcionarios, los viajes de la nobleza a los balnearios alemanes - ¿ recuerdan "El jugador" de Dostoievski?-, la cultura en sus variadas formas (pintura, filosofía, ópera...), la política ( las mezquindades y los trucos políticos, el paneslavismo, el uso del pueblo como argumento nacionalista unívoco) . De todas estas temáticas se podría sacar punta pues en todas hay una visión profunda, humana y ética. Como dije al empezar la reseña, este no es el foro más adecuado para analizarlas.

     Por último, me gustaría resaltar la figura simbólica y estructuralmente trascendental del tren. Con el tren se inicia la relación de Vronski y Ana y en el tren se acaba. Estamos, pues, ante todo un viaje  extraordinario por la Alta Literatura. Un saludo atento del Criticón Lector.

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