En esta revisión dramatizada del mito de Ulises, Buero nos zarandea y nos obliga a pensar sobre la idea del triunfo, o más bien sobre lo mucho que esconde de falso el triunfo a ojos de la sociedad. Una drama con resonancias trágicas, de ideas y de personajes, pero de escasa acción. Salvo en el último acto en el que se precipitan los acontecimientos para dar paso a las reflexiones finales, con cierto calado filosófico.
El procedimiento que realiza el autor para transformar el mito es la desnaturalización de los personajes, estos se ven vaciados de sus virtudes legendarias y, por tanto, son complejizados. Ulises deja de ser ese héroe sublime en astucia e inteligencia y en un final antológico se observa lo que en realidad esconde esa astucia, que por ser de capital importancia en la conclusión de la obra me guardo de decir. Penélope es humana, tiene tentaciones eróticas y teje sueños, sueños de mujer abandonada. Se trata de un personaje con un alto sentido trágico, con debilidades y una indiscutible dignidad personal. Telémaco está peor diseñado como personaje, y su incipiente odio hacia su madre no está desarrollado y no acaba de entenderse con claridad, pues no dejan de ser veinte años los que han estado solos, en su caso toda una vida. Por último, están Anfino y Dione, el primero causante de la discordia y entre sus atributos se encuentra el honor y la gallardía, digno hasta el final; la segunda representa a ese personaje que, enamorada de Anfino, pretende hacerse mediante malas artes con su cuota de poder, de algún modo es un personaje capital, pues ella tiene la llave para que se descubra el secreto de Penélope, que no es otro que la conocida treta de destejer durante la noche lo que teje por la mañana. Dione es la antagonista de Penélope, al mismo tiempo que Ulises y Anfino acaban siendo antagonistas al final de la obra por sus respectivos actos.
Por último, la obra se rebela de una vigencia absoluta, y se convierte en un alegato antibelicista, pues pone al descubierto el egoísmo que encierra cada guerra y las consecuencias que tiene la misma en los desheredados, los abandonados por los que van al frente.
En conclusión, se trata de una obra con aliento trágico, que nos actualiza el mito de Ulises y Penélope y en el que los personajes están si no humanizados, pues ambos son muy humanos en la obra homérica, sí al menos puestos al día y, desde luego, se le ha dado mayor preponderancia a la figura de Penélope, que ya no es la fiel y juiciosa mujer que nos enseñaba Homero. Un saludo de El Criticón Lector.
viernes, 12 de diciembre de 2014
martes, 9 de diciembre de 2014
"LAS NINFAS". FRANCISCO UMBRAL
Leí "Mortal y Rosa" de Francisco Umbral hace bastantes años y de su lectura me quedó la textura de un clásico, la fuerza expresiva de un maestro, y, sobre todo, la extraordinaria sensibilidad de un ser humano. Ver al personaje, ese que las televisiones mostraban, dandi y provocador, no casaba con el libro que yo había leído. Sus maneras no encontraban acomodo en el texto henchido de sensibilidad que es esta obra. Después de muchos años leyendo sus extraordinarias columnas, llenas de juegos de palabras, elipsis, y de desborde creativo, pero que no me movían desde el apartado que más me colmó en su novela; y después de fallecido ya hace algunos años, he entrado de nuevo en su universo literario con la melancolía que supone el paso del tiempo y la curiosidad por ver si encuentro al autor total de "Mortal y Rosa" o al genio algo frío (es mi sensación) del oxímoron, la metáfora y el requiebro verbal de sus columnas.
En " Las ninfas" Umbral tiene la capacidad crítica y observadora del hombre de prensa, son unas memorias preñadas de análisis social, de tipos y personal. El autor nos relata su adolescencia, su deseo, lleno de pose y visto por él mismo con algo de condescendencia paródica, de sublimidad. Un deseo de autoafirmarse como parte del grupo selecto de los poetas. En su camino nos muestra todo un ramillete de personajes con vida propia que, de algún modo, se enfrentan a la idea que el autor tiene no de lo que es sino de lo que él debe ser. Miguel San Julián viene a representar un vitalismo simple, admirado por el escritor, pero rechazado por su opción de vida por lo sublime, viene a ser un contraste de la vida en sí misma frente al arte como paradigma vital. Cristo Teodorico, del que ya solo el nombre merece una novela, es un doble estilizado y con la pátina de perfección en valores, del propio Umbral, pero Umbral opta por un lado maldito. La relación de Umbral y Cristo Teodorico, sus acercamientos a sus respectivos mundos (íntimos y sociales), la caída a los infiernos de este, las implicaciones sociales que tiene esta caída, con el sexo y las relaciones "inadecuadas", suponen los más completos análisis sociales del libro. Otro personaje es Darío Álvarez Alonso que viene a ser el modelo imaginado de Umbral, un poeta con cierto prestigio social que representa los valores de la belleza a los que Umbral, letraherido absorto, piensa consagrarse. La caída de este desde modelo a traidor, con un final personal algo esperpéntico, es también uno de los logros del libro. Por otro lado están las ninfas, que son las mujeres que sacan a Umbral de la incomunicación del retrete, de las poluciones grises del encierro en el retrete. María Antonieta, el primer beso y el primer amor, provocará el eterno agradecimiento que implica el ser elegido,casi ungido, definitivamente signado, y está narrado con tal grado de lirismo que es digna pieza de estudio. Las ninfas son en definitiva la muestra de la obsesión por la sensualidad femenina que siempre caracterizará a este autor. La relación con María Antonieta se torna imposible dado el destino que le espera a Umbral si se mantuviera con ella; María Antonieta está marcada fatalmente por su origen, pues es hija de una pescadera rica. El mundo lumpen también está representado de forma magistral, quevedesca o valleinclanesca, estela de la que Umbral es un pico sobresaliente. Empédocles, músico venido a menos, triste degenerado que espera al efebo perfecto; Teseo, pintor arruinado y borracho; y Diótima, joven perverso y resentido que busca el malditismo como modo de vida. Umbral acompaña, observador implacable, a toda esta cohorte de depravados y perdidos, dignos en su fatal apostura.
Si analizamos las relaciones me quedo con la de Cristo Teodorico con Tita, femme fatal del barrio, libérrima en el mundo pazguato de la mezquindad de los usos tradicionales, de la parroquia años cincuenta. La preocupación del barrio por esta relación, por la caída a los bajos fondos (el amor palpitante de los escondrijos y los caminos, el sabor de los besos y el tacto ardoroso de los pezones en la oscuridad), viene a acabar con un auto de fe digno de la Edad Media y el sacrificio llena de espanto al lector. La castración de la vida es vista por el barrio como la salvación del ya para siempre, a los ojos del lector arrobado, triste triunfador redimido Cristo Teodorico.
En el libro tiene gran importancia el elemento sensual. La acequia y su purificadora presencia, la desnudez que en ella se envuelve, los cuerpos secados al aire, los actos de amor en su caudal. La naturaleza como testigo y parte de los juegos de amor. Pero también vemos una sensualidad más oscura y viciosa, entre odres de vino y maloliente, encerrada y mórbida. Vemos el encuentro sorprendido del autor con las relaciones homoeróticas, lésbicas y secretas. También vemos escenas contadas con un lirismo enternecedor, como la escena ya mencionada del primer beso.
Variados temas se manifiestan en las páginas del libro: las inclinaciones periodísticas, casi como fetiche, del joven Umbral; la caída en desgracia de la familia, una familia de burócratas venidos a menos con contínuos problemas económicos; los círculos académicos y la variopinta mezcla de autores que se dan cita en ellos; la ciudad y sus zonas (los márgenes, las afueras, la plaza, las calles, el cine de barrio, las zonas lumpen...).
En conjunto es una obra que transmite pasión por la literatura, como modus vivendi, más que en sus textos. Una obra de contenido iniciático en el que el autor da las claves de su decisión por dar el salto a la gran ciudad y a un mundo en el que prime esa obsesión baudelaireana que restallará en la cabeza del autor a cada momento: Hay que ser sublime sin interrupción. Un saludo atento de El Criticón Lector.
En " Las ninfas" Umbral tiene la capacidad crítica y observadora del hombre de prensa, son unas memorias preñadas de análisis social, de tipos y personal. El autor nos relata su adolescencia, su deseo, lleno de pose y visto por él mismo con algo de condescendencia paródica, de sublimidad. Un deseo de autoafirmarse como parte del grupo selecto de los poetas. En su camino nos muestra todo un ramillete de personajes con vida propia que, de algún modo, se enfrentan a la idea que el autor tiene no de lo que es sino de lo que él debe ser. Miguel San Julián viene a representar un vitalismo simple, admirado por el escritor, pero rechazado por su opción de vida por lo sublime, viene a ser un contraste de la vida en sí misma frente al arte como paradigma vital. Cristo Teodorico, del que ya solo el nombre merece una novela, es un doble estilizado y con la pátina de perfección en valores, del propio Umbral, pero Umbral opta por un lado maldito. La relación de Umbral y Cristo Teodorico, sus acercamientos a sus respectivos mundos (íntimos y sociales), la caída a los infiernos de este, las implicaciones sociales que tiene esta caída, con el sexo y las relaciones "inadecuadas", suponen los más completos análisis sociales del libro. Otro personaje es Darío Álvarez Alonso que viene a ser el modelo imaginado de Umbral, un poeta con cierto prestigio social que representa los valores de la belleza a los que Umbral, letraherido absorto, piensa consagrarse. La caída de este desde modelo a traidor, con un final personal algo esperpéntico, es también uno de los logros del libro. Por otro lado están las ninfas, que son las mujeres que sacan a Umbral de la incomunicación del retrete, de las poluciones grises del encierro en el retrete. María Antonieta, el primer beso y el primer amor, provocará el eterno agradecimiento que implica el ser elegido,casi ungido, definitivamente signado, y está narrado con tal grado de lirismo que es digna pieza de estudio. Las ninfas son en definitiva la muestra de la obsesión por la sensualidad femenina que siempre caracterizará a este autor. La relación con María Antonieta se torna imposible dado el destino que le espera a Umbral si se mantuviera con ella; María Antonieta está marcada fatalmente por su origen, pues es hija de una pescadera rica. El mundo lumpen también está representado de forma magistral, quevedesca o valleinclanesca, estela de la que Umbral es un pico sobresaliente. Empédocles, músico venido a menos, triste degenerado que espera al efebo perfecto; Teseo, pintor arruinado y borracho; y Diótima, joven perverso y resentido que busca el malditismo como modo de vida. Umbral acompaña, observador implacable, a toda esta cohorte de depravados y perdidos, dignos en su fatal apostura.
Si analizamos las relaciones me quedo con la de Cristo Teodorico con Tita, femme fatal del barrio, libérrima en el mundo pazguato de la mezquindad de los usos tradicionales, de la parroquia años cincuenta. La preocupación del barrio por esta relación, por la caída a los bajos fondos (el amor palpitante de los escondrijos y los caminos, el sabor de los besos y el tacto ardoroso de los pezones en la oscuridad), viene a acabar con un auto de fe digno de la Edad Media y el sacrificio llena de espanto al lector. La castración de la vida es vista por el barrio como la salvación del ya para siempre, a los ojos del lector arrobado, triste triunfador redimido Cristo Teodorico.
En el libro tiene gran importancia el elemento sensual. La acequia y su purificadora presencia, la desnudez que en ella se envuelve, los cuerpos secados al aire, los actos de amor en su caudal. La naturaleza como testigo y parte de los juegos de amor. Pero también vemos una sensualidad más oscura y viciosa, entre odres de vino y maloliente, encerrada y mórbida. Vemos el encuentro sorprendido del autor con las relaciones homoeróticas, lésbicas y secretas. También vemos escenas contadas con un lirismo enternecedor, como la escena ya mencionada del primer beso.
Variados temas se manifiestan en las páginas del libro: las inclinaciones periodísticas, casi como fetiche, del joven Umbral; la caída en desgracia de la familia, una familia de burócratas venidos a menos con contínuos problemas económicos; los círculos académicos y la variopinta mezcla de autores que se dan cita en ellos; la ciudad y sus zonas (los márgenes, las afueras, la plaza, las calles, el cine de barrio, las zonas lumpen...).
En conjunto es una obra que transmite pasión por la literatura, como modus vivendi, más que en sus textos. Una obra de contenido iniciático en el que el autor da las claves de su decisión por dar el salto a la gran ciudad y a un mundo en el que prime esa obsesión baudelaireana que restallará en la cabeza del autor a cada momento: Hay que ser sublime sin interrupción. Un saludo atento de El Criticón Lector.
domingo, 26 de octubre de 2014
"INÉS Y LA ALEGRÍA". ALMUDENA GRANDES
Novela que inicia una serie, que pretende, a la manera de los "Episodios Nacionales" de Galdós, poner una lupa en determinados momentos históricos. La autora pone en una determinada situación histórica a unos personajes ficticios y los relaciona con personajes reales. En la novela se analiza un determinado hecho histórico, la entrada por los pirineos de la Unión Nacional Española en los años cuarenta en plena Guerra Mundial para volver a hacerse con el poder en la España franquista. Un intento suicida y poco conocido en nuestro historia que fracasó por numerosas causas que son diseccionadas por la autora.
La novela cuenta una historia de amor a lo largo de los años. Una historia de amor que se ve inmersa en todos los acontecimientos históricos que se muestran. A partir de ella, vemos la invasión, las durísimas condiciones de los represaliados, el exilio, las luchas intestinas dentro del partido comunista, la influencia estalinista en el mismo, la clandestinidad en territorio español. En definitiva, una novela que por sus dimensiones e intenciones tiene una vocación de novela totalizante.
La perspectiva es pretendidamente parcial, la novela está contada en primera persona por parte de dos personajes, con apariciones de un narrador externo, que es claramente afín a la causa. La autora simpatiza con los personajes y con la causa. Una novela que apuesta por lo que Unamuno llamaba la intrahistoria, es decir, la influencia que las historias íntimas tienen en la Historia con mayúsculas.
Se trata de una gran novela que en ocasiones adolece de cierto tono melodramático y de sobreabundancia de explicaciones gastronómicas. Pero que tiene la maestría de una autora con oficio, que apuesta claramente por la acción antes que por los artificios, en el que los diálogos son creíbles. A los personajes les falta algo de ambigüedad moral, son bastante planos. En este sentido, la simpatía de la autora por la causa que los personajes mantienen, los simplifica y hace que pierdan cierta complejidad. Los personajes hacen siempre lo que esperamos que hagan, no nos dan sorpresas. Pero, ciertamente, la autora lo hace con pulso firme.
Como dije, la novela tiene su punto melodramático, pero eso no quita que tenga momentos de una gran altura afectiva. Como es todo el final de la novela, que, aquí sí, tienen todo el sentido después de haber acompañado en todo su devenir vital a los protagonistas.
Por último, hay que decir que el mayor acierto, a mi juicio de la novela es el estudio de los personajes históricos, analizados estos con profundidad, siempre con la subjetividad de la que hablamos, pero con un indudable conocimiento de lo que se habla y, sobre todo, sin restar un ápice de interés a la acción principal, sino más bien complementando todo para así entender mejor todo lo que ocurre, con sus claroscuros. En definitiva, la autora pretendidamente quiso asimilar las formas galdosianas en otro momento histórico. Lo consigue, sin la genial prosa de Galdós (sin duda, uno de los mejores novelistas europeos de la historia), pero con la misma capacidad de integración de lo real y lo ficticio. Un saludo de El Criticón Lector.
La novela cuenta una historia de amor a lo largo de los años. Una historia de amor que se ve inmersa en todos los acontecimientos históricos que se muestran. A partir de ella, vemos la invasión, las durísimas condiciones de los represaliados, el exilio, las luchas intestinas dentro del partido comunista, la influencia estalinista en el mismo, la clandestinidad en territorio español. En definitiva, una novela que por sus dimensiones e intenciones tiene una vocación de novela totalizante.
La perspectiva es pretendidamente parcial, la novela está contada en primera persona por parte de dos personajes, con apariciones de un narrador externo, que es claramente afín a la causa. La autora simpatiza con los personajes y con la causa. Una novela que apuesta por lo que Unamuno llamaba la intrahistoria, es decir, la influencia que las historias íntimas tienen en la Historia con mayúsculas.
Se trata de una gran novela que en ocasiones adolece de cierto tono melodramático y de sobreabundancia de explicaciones gastronómicas. Pero que tiene la maestría de una autora con oficio, que apuesta claramente por la acción antes que por los artificios, en el que los diálogos son creíbles. A los personajes les falta algo de ambigüedad moral, son bastante planos. En este sentido, la simpatía de la autora por la causa que los personajes mantienen, los simplifica y hace que pierdan cierta complejidad. Los personajes hacen siempre lo que esperamos que hagan, no nos dan sorpresas. Pero, ciertamente, la autora lo hace con pulso firme.
Como dije, la novela tiene su punto melodramático, pero eso no quita que tenga momentos de una gran altura afectiva. Como es todo el final de la novela, que, aquí sí, tienen todo el sentido después de haber acompañado en todo su devenir vital a los protagonistas.
Por último, hay que decir que el mayor acierto, a mi juicio de la novela es el estudio de los personajes históricos, analizados estos con profundidad, siempre con la subjetividad de la que hablamos, pero con un indudable conocimiento de lo que se habla y, sobre todo, sin restar un ápice de interés a la acción principal, sino más bien complementando todo para así entender mejor todo lo que ocurre, con sus claroscuros. En definitiva, la autora pretendidamente quiso asimilar las formas galdosianas en otro momento histórico. Lo consigue, sin la genial prosa de Galdós (sin duda, uno de los mejores novelistas europeos de la historia), pero con la misma capacidad de integración de lo real y lo ficticio. Un saludo de El Criticón Lector.
martes, 29 de julio de 2014
"VIAJE EN AUTOBÚS". JOSEP PLA
Diario de viaje del gran periodista catalán, que se sube a los autobuses de la época tirados por gas y desentraña con una mirada lúcida, perspicaz, las interioridades de su tierra. Su técnica no deja de mostrarnos su profesión, el autor pasa de la descripción o la anécdota (una simple conversación, algo que ve, el paisaje) a la reflexión abstracta y profunda. Reflexiones de gran sagacidad de un hombre de mirada crítica, a veces demasiado crítica.
Sus descripciones son de una belleza sublime, su extensísima adjetivación, prieta en la búsqueda de sensaciones y muy personal hace de este libro un monumento a la sensibilidad. De la descripción siempre surge una digresión, generalmente costumbrista. En ese sentido, podríamos decir que se trata de pequeños artículos ensayísticos. El autor no deja de hacer pequeñas semblanzas elogiosas de las personalidades del país, con la pena constante de cómo caen en el olvido estos grandes individuos, como el maestro Garreta, Amadeo Vives, el Doctor Turró o Ventura.
El paisaje pobre y necesitado de la España de los cuarenta se observa pero no como un espectáculo deprimente, sino de forma sutil. Las fondas, los mercados, los bares, los caminos...Se observa en Pla un gusto por lo tradicional, de corte conservador, entre las costumbres antiguas y las nuevas siempre prefiere las antiguas, entre el progreso técnico y la cercanía de la naturaleza, siempre se queda con esta, a pesar de que en un capítulo hace una crítica del uso de la palabra natural como algo positivo. su conocimiento del campo, de los huertos y sus productos, de los animales que lo pueblan, su flora, nos trasladan ante un hombre de gustos sencillos y vida apacible. Su loa al caracol por su vida ordenada, discreta y pacífica parece un panegírico del hombre que propugna en su libro. Chochas, grillos, golondrinas, árboles todo está observado con intensidad por Pla.
El famoso conservadurismo de Pla parece que brota de su propio carácter, pragmático a más no poder, tradicional y de espíritu alicaído. Sus invectivas a todo lo que huela a socialismo o ilusiones grandilocuentes nos hablan de un ser que pone el interés en las pequeñas cosas. Para muestra este párrafo:
Aquí se podría resumir la ideología de Pla y su forma de ver las cosas: conservadurismo, perplejidad ante los cambios e ironía.
En cuanto al contenido del texto, es necesario hablar del estimulante mundo culinario que nos presenta Pla, sus conocimientos gastronómicos, su paladar exquisito y aburguesado son una delicia para el lector. Recuerda uno a otro magnífico autor catalán, el inolvidable Manolo Vázquez Montalbán. Pero yo diría que incluso Pla es más hedonista, su adjetivación fantástica transmite más matices.
Por último, el estilo de Pla es cuidadísimo, con abundante adjetivación, muy seleccionada y en ocasiones muy personal. El problema es que a veces es engolado, algo artificial. Lo que nos lleva a otra faceta de su carácter su fama de caprichoso y tiquismiquis. Su estilo transmite justamente su forma de ser. De todas formas, su interés por el párrafo bien hecho transmite una manera de escribir que hoy por su perfección es difícil de ver. Pocos (quizá ninguno) de los autores actuales de relumbrón cuidan el lenguaje como lo hace el autor catalán. Y eso ya es mucho.
De sus ideas pensaremos que algunas son algo anacrónicas, sin duda demasiado tradicionales, su carácter nos parecerá demasiado altivo y juzgador. Pero es su gusto por la belleza del lenguaje el que nos deja el poso de un escritor de altura. Sus descripciones están entre las mejores que he conocido. Un saludo de El Criticón Lector.
Sus descripciones son de una belleza sublime, su extensísima adjetivación, prieta en la búsqueda de sensaciones y muy personal hace de este libro un monumento a la sensibilidad. De la descripción siempre surge una digresión, generalmente costumbrista. En ese sentido, podríamos decir que se trata de pequeños artículos ensayísticos. El autor no deja de hacer pequeñas semblanzas elogiosas de las personalidades del país, con la pena constante de cómo caen en el olvido estos grandes individuos, como el maestro Garreta, Amadeo Vives, el Doctor Turró o Ventura.
El paisaje pobre y necesitado de la España de los cuarenta se observa pero no como un espectáculo deprimente, sino de forma sutil. Las fondas, los mercados, los bares, los caminos...Se observa en Pla un gusto por lo tradicional, de corte conservador, entre las costumbres antiguas y las nuevas siempre prefiere las antiguas, entre el progreso técnico y la cercanía de la naturaleza, siempre se queda con esta, a pesar de que en un capítulo hace una crítica del uso de la palabra natural como algo positivo. su conocimiento del campo, de los huertos y sus productos, de los animales que lo pueblan, su flora, nos trasladan ante un hombre de gustos sencillos y vida apacible. Su loa al caracol por su vida ordenada, discreta y pacífica parece un panegírico del hombre que propugna en su libro. Chochas, grillos, golondrinas, árboles todo está observado con intensidad por Pla.
El famoso conservadurismo de Pla parece que brota de su propio carácter, pragmático a más no poder, tradicional y de espíritu alicaído. Sus invectivas a todo lo que huela a socialismo o ilusiones grandilocuentes nos hablan de un ser que pone el interés en las pequeñas cosas. Para muestra este párrafo:
"Hay razones, me parece, para quedar perplejo. El mundo de hoy es un mundo dominado por la perplejidad. Sin embargo, algo se ha ganado. Las ilusiones se han desvanecido. En muchos aspectos de la vida la eliminación de las ilusiones es saludable y positiva. Las ilusiones hay que reservarlas para aliñar las pasiones del amor y humanizar la ironía, para hablar con los amigos, para simplificar la vida".
Aquí se podría resumir la ideología de Pla y su forma de ver las cosas: conservadurismo, perplejidad ante los cambios e ironía.
En cuanto al contenido del texto, es necesario hablar del estimulante mundo culinario que nos presenta Pla, sus conocimientos gastronómicos, su paladar exquisito y aburguesado son una delicia para el lector. Recuerda uno a otro magnífico autor catalán, el inolvidable Manolo Vázquez Montalbán. Pero yo diría que incluso Pla es más hedonista, su adjetivación fantástica transmite más matices.
Por último, el estilo de Pla es cuidadísimo, con abundante adjetivación, muy seleccionada y en ocasiones muy personal. El problema es que a veces es engolado, algo artificial. Lo que nos lleva a otra faceta de su carácter su fama de caprichoso y tiquismiquis. Su estilo transmite justamente su forma de ser. De todas formas, su interés por el párrafo bien hecho transmite una manera de escribir que hoy por su perfección es difícil de ver. Pocos (quizá ninguno) de los autores actuales de relumbrón cuidan el lenguaje como lo hace el autor catalán. Y eso ya es mucho.
De sus ideas pensaremos que algunas son algo anacrónicas, sin duda demasiado tradicionales, su carácter nos parecerá demasiado altivo y juzgador. Pero es su gusto por la belleza del lenguaje el que nos deja el poso de un escritor de altura. Sus descripciones están entre las mejores que he conocido. Un saludo de El Criticón Lector.
jueves, 19 de junio de 2014
"LÁGRIMAS DE SAN LORENZO". JULIO LLAMAZARES
Leí hace tiempo "Luna de lobos" y el recuerdo de ese libro quedó impregnado en mí como una narración de sensibilidad exquisita y de prosa de innegable calidad estética. "Las lágrimas de San Lorenzo" sigue la estela de aquel libro con una temática diferente y con menor encanto. Vemos en este libro un ensimismamiento que deriva en obsesión y que, desde el punto de vista narrativo, pese a focalizar en temas universales de gran calado (y que a mí personalmente me tocan la fibra sensible), no acaban de enganchar al lector. No acabamos de entrar en la historia porque no hay apenas historia, hay retazos de historias que no llevan más que a la misma obsesión del autor: el tiempo que todo lo engulle (tempus fugit).
Un padre acompañado de su hijo mirando las estrellas en medio del campo en una Ibiza, que es la encarnación del paraíso voluntariamente perdido, es la excusa para viajar por los campos de la memoria. Se trata de una escena casi vivida por todos en la niñez y repetida eternamente como padres. Y, precisamente, en ese viaje por la memoria vemos a un viajero sentimental, un hombre que ha pasado por media Europa como lector de español, dejando amores y lugares a los que no volver. Todo lleva a la pérdida, ya sea de paisajes, ya sea de amores. Todo se desvanece en el mar del tiempo. Y la congoja que ello produce en la persona del protagonista es el foco constante de la novela, en contraposición a la inocencia del hijo, que todavía es capaz de vivir en un presente atemporal.
Las estrellas son así metáforas de la fugacidad del tiempo, una bella estela que la oscuridad se traga de manera irremisible. También se presentan como representaciones de las personas que a lo largo del tiempo van desapareciendo en la vida. El tiempo se presenta así en todas sus variantes posibles: sensitiva, pues los olores te llevan a la niñez y a la juventud; sentimental, pues la memoria se regodea en el pasado; y prospectiva, pues el protagonista es un hombre de unos cincuenta y tantos años que mira el futuro con escepticismo.
De modo tangencial, la novela es un canto a la belleza de la isla de Ibiza y del amor de un padre por su hijo. Ibiza aparece luminosa y estrellada, juvenil y extática. Ibiza es el paraíso de los años jóvenes de las noches de amor en la playa, de los primeros desvaríos del amor, de la aventura personal, del desapego de la familia para el encuentro con uno mismo. Su hijo está a punto de dejar la niñez y entrar en la adolescencia donde las preguntas se imponen a las respuestas y aparece el inicio de la lucidez. La relación que se forma entre los dos, preñada de silencios y embarazos (toda separación tiene sus daños colaterales) forma parte de lo mejor del libro.
En conclusión, un buen libro que no colma las expectativas que tenía puestas en el autor. Recomendaría antes "Luna de lobos" que "Las lágrimas de San Lorenzo". No obstante, estoy seguro que volveré a leer a Llamazares, al menos la que dicen su obra maestra "La lluvia amarilla". Un saludo de El Criticón Lector.
Un padre acompañado de su hijo mirando las estrellas en medio del campo en una Ibiza, que es la encarnación del paraíso voluntariamente perdido, es la excusa para viajar por los campos de la memoria. Se trata de una escena casi vivida por todos en la niñez y repetida eternamente como padres. Y, precisamente, en ese viaje por la memoria vemos a un viajero sentimental, un hombre que ha pasado por media Europa como lector de español, dejando amores y lugares a los que no volver. Todo lleva a la pérdida, ya sea de paisajes, ya sea de amores. Todo se desvanece en el mar del tiempo. Y la congoja que ello produce en la persona del protagonista es el foco constante de la novela, en contraposición a la inocencia del hijo, que todavía es capaz de vivir en un presente atemporal.
Las estrellas son así metáforas de la fugacidad del tiempo, una bella estela que la oscuridad se traga de manera irremisible. También se presentan como representaciones de las personas que a lo largo del tiempo van desapareciendo en la vida. El tiempo se presenta así en todas sus variantes posibles: sensitiva, pues los olores te llevan a la niñez y a la juventud; sentimental, pues la memoria se regodea en el pasado; y prospectiva, pues el protagonista es un hombre de unos cincuenta y tantos años que mira el futuro con escepticismo.
De modo tangencial, la novela es un canto a la belleza de la isla de Ibiza y del amor de un padre por su hijo. Ibiza aparece luminosa y estrellada, juvenil y extática. Ibiza es el paraíso de los años jóvenes de las noches de amor en la playa, de los primeros desvaríos del amor, de la aventura personal, del desapego de la familia para el encuentro con uno mismo. Su hijo está a punto de dejar la niñez y entrar en la adolescencia donde las preguntas se imponen a las respuestas y aparece el inicio de la lucidez. La relación que se forma entre los dos, preñada de silencios y embarazos (toda separación tiene sus daños colaterales) forma parte de lo mejor del libro.
En conclusión, un buen libro que no colma las expectativas que tenía puestas en el autor. Recomendaría antes "Luna de lobos" que "Las lágrimas de San Lorenzo". No obstante, estoy seguro que volveré a leer a Llamazares, al menos la que dicen su obra maestra "La lluvia amarilla". Un saludo de El Criticón Lector.
martes, 13 de mayo de 2014
"EL CAMINO". MIGUEL DELIBES
La lectura de Miguel Delibes, un clásico de nuestro tiempo, es siempre un goce estético. Este libro es además uno de sus libros principales y más logrados.
De este autor siempre destaco una cualidad que a mí parecer es patrimonio de los escritores más grandes, sus personajes tienen alma y están siempre vistos desde una perspectiva humana y con una especial ternura. En este sentido, Delibes es absolutamente cervantino. En otros de los que más tarde hablaré también. En este libro se nos aparece la narración desde la frágil y cándida inocencia de un niño al que se le aparta del mundo en que es feliz: su pueblo, su valle, su mundo natural y prístino. La naturaleza y el pueblo se convierte así en contexto y protagonista del relato. Hasta tal punto es así que esta está ungida de cierta religiosidad. El valle cobra vida en función de los sentimientos de Daniel, el mochuelo, el inolvidable protagonista de nuestra historia. La civilización y el medro personal están vistos aquí como un espacio ajeno que se torna en enemigo de Daniel.
El libro en sí es un retablo perfecto de personajes, pintados a grandes trazos y detallados con el anecdotario que todo pueblo posee. Los personajes se nos muestran vivos y humanos. Todos tienen sus pecados, sus debilidades, sus grandes o pequeñas historias, perfectos en sus imperfecciones: El padre y su deseo incomprendido de que su hijo prospere; el herrero, su fuerza y su alcoholismo; el cura, y su inteligencia; el beaterío rayano en lo ridículo de la guindilla. Y tantos otros.
Pero si hay algo que en la niñez marca, y Delibes lo representa con una lucidez única, es la amistad, los juegos y las conversaciones (por supuesto, aquí la maestría es sublime) en el que la candidez de los niños se mueven y aprenden. El moñigo y el Tiñoso son verdaderos prodigios narrativos. Las discusiones de los chicos, la importancia de la apariencia en la niñez, la jerarquía del más fuerte, las correrías nocturnas...Todo es un muestrario de sabiduría y de reencuentro del lector con su propia infancia. Por supuesto, más para aquellos que conocieron la infancia en un pueblo. Me quedo con una conversación entre el moñigo y el mochuelo en el que desde los ojos tiernos de un niño brota es desasosiego cósmico que todos hemos sentido sentados en la oscuridad, en el reposo solitario, frente a la inmensidad de las estrellas.
En fin, una grandísima obra. Saludos de El Criticón Lector.
De este autor siempre destaco una cualidad que a mí parecer es patrimonio de los escritores más grandes, sus personajes tienen alma y están siempre vistos desde una perspectiva humana y con una especial ternura. En este sentido, Delibes es absolutamente cervantino. En otros de los que más tarde hablaré también. En este libro se nos aparece la narración desde la frágil y cándida inocencia de un niño al que se le aparta del mundo en que es feliz: su pueblo, su valle, su mundo natural y prístino. La naturaleza y el pueblo se convierte así en contexto y protagonista del relato. Hasta tal punto es así que esta está ungida de cierta religiosidad. El valle cobra vida en función de los sentimientos de Daniel, el mochuelo, el inolvidable protagonista de nuestra historia. La civilización y el medro personal están vistos aquí como un espacio ajeno que se torna en enemigo de Daniel.
El libro en sí es un retablo perfecto de personajes, pintados a grandes trazos y detallados con el anecdotario que todo pueblo posee. Los personajes se nos muestran vivos y humanos. Todos tienen sus pecados, sus debilidades, sus grandes o pequeñas historias, perfectos en sus imperfecciones: El padre y su deseo incomprendido de que su hijo prospere; el herrero, su fuerza y su alcoholismo; el cura, y su inteligencia; el beaterío rayano en lo ridículo de la guindilla. Y tantos otros.
Pero si hay algo que en la niñez marca, y Delibes lo representa con una lucidez única, es la amistad, los juegos y las conversaciones (por supuesto, aquí la maestría es sublime) en el que la candidez de los niños se mueven y aprenden. El moñigo y el Tiñoso son verdaderos prodigios narrativos. Las discusiones de los chicos, la importancia de la apariencia en la niñez, la jerarquía del más fuerte, las correrías nocturnas...Todo es un muestrario de sabiduría y de reencuentro del lector con su propia infancia. Por supuesto, más para aquellos que conocieron la infancia en un pueblo. Me quedo con una conversación entre el moñigo y el mochuelo en el que desde los ojos tiernos de un niño brota es desasosiego cósmico que todos hemos sentido sentados en la oscuridad, en el reposo solitario, frente a la inmensidad de las estrellas.
"- Mochuelo, ¿es posible que si cae una estrella de esas no llegue nunca al fondo?
Daniel, el Mochuelo, miró a su amigo, sin comprenderle.
- No sé lo que me quieres decir - respondió.
El Moñigo luchaba con su deficiencia de expresión. Accionó repetidamente con las manos y, al fin, dijo:
-Las estrellas están en el aire, ¿no es eso?
-Eso.
- Y la Tierra está en el aire también como otra estrella, ¿verdad? - añadió.
- Sí; al menos eso dice el maestro.
- Bueno, pues es lo que digo. Si una estrella se cae y no choca con la Tierra ni con otra estrella, ¿no llega nunca al fondo? ¿Es que ese aire que las rodea no se acaba nunca?
Daniel, el Mochuelo, se quedó pensativo un instante. Empezaba a dominarle también a él un indefinible desasosiego cósmico. La voz surgió de su garganta indecisa y aguda como un lamento.
- Moñigo.
-¿Qué?
- No me hagas esas preguntas; me mareo.
-¿Te mareas o te asustas?
Por último, destacaría del libro tres rasgos típicos de la literatura de Delibes. Por un lado, su estilo de naturaleza cervantina, sencillo, fluido, natural y cercano, sin esconder esos vocablos (boruga, jaramugo, entremijo, majuelas, huras) que nos acercan a la vida del pueblo y que poco a poco se alejan de nuestro idioma. Luego está el lirismo y la vena poética que a veces descarga como un relámpago de belleza. Y, al fin, un aspecto que no me parece muy considerado por parte de los lectores y la crítica de Delibes, que tiene relación con el anterior punto pero que lo relaciona con el fondo de sus novelas. Y es que el lirismo se acentúa conforme va llegando el final. La emotividad se hace patente y el poso de los finales en el lector da grandeza al texto.-Puede que las dos cosas - admitió."
En fin, una grandísima obra. Saludos de El Criticón Lector.
jueves, 24 de abril de 2014
"LA INVENCIÓN DEL AMOR". JOSÉ OVEJERO
Premio Alfaguara de Novela 2013, este libro nos traslada a la vida de Samuel, que en primera persona nos cuenta cómo una llamada de teléfono cambia su existencia y, sobre todo, nos introduce en su particular visión del mundo. Una óptica llena de matices, algo perpleja ante lo que él es y no siempre correcta.
La mayor fuente de originalidad del libro es la sutil relación e imbricación de la realidad y la ficción o mentira que el protagonista va forjando. Samuel, en un acto visceral y con un deje de rebeldía, decide acudir al tanatorio ante la noticia de la muerte de la desconocida Clara. A partir de aquí Samuel inventa una relación con Clara en la que la receptora principal del cuento es la hermana de la fallecida, Carina. La recreación de Clara entre datos reales y falsos, el amor impostado, que a veces se convierte en un deseo de lo no poseído, y el amor fraternal que busca lo desconocido en el misterio que era para la hermana mayor la hermana menor unen a Samuel y Carina de una extraña forma. Mientras vamos descubriendo quién es Clara, asistimos a la intensidad de una relación imposible. Una novela de amor, con la particularidad de que una de las partes es un fantasma, una fotografía en blanco y negro, o quizá mejor una relación triangular con final desconocido y siempre bajo la tensión de saber si Samuel será descubierto en su impostura.
Por otro lado, la personalidad y el flujo mental de ideas y opiniones nos enseñan un perfil complejo y realista, a veces antipático y algo incorrecto, a veces sensible y, siempre, inteligente. Samuel es un hombre pragmático, que se ve abocado a una aventura emocional fruto de su mentira. Es un hombre con pasado en el que la palabra amor no cabe, es innombrable. Un hombre que piensa antes en los finales que en las propias relaciones, con "un gusto morboso por lo que se desmorona". Un hombre adaptado a la soledad, tan característica de nuestro tiempo, con relaciones de amistad poco profundas, que disfruta de Madrid desde su terraza, asomado a ese mar lúgubre y bello que son los tejados de una ciudad.
La novela peca de excesivo ensimismamiento y de cierto aire repetitivo y muchos de los personajes que rodean a Samuel están solo levemente esbozados pese a tener interés como personajes; nos quedamos con el deseo de saber algo más sobre ellos y la verdad, no sé si esto me parece un defecto o una virtud.
De forma adyacente, se ve en la novela una mirada crítica a la vida socioeconómica del país, a los efectos de la crisis, a las difíciles relaciones laborales y a la complicación que supone levantar una empresa del mundo de la construcción hoy día.
Un saludo afectuoso de El Criticón Lector.
La mayor fuente de originalidad del libro es la sutil relación e imbricación de la realidad y la ficción o mentira que el protagonista va forjando. Samuel, en un acto visceral y con un deje de rebeldía, decide acudir al tanatorio ante la noticia de la muerte de la desconocida Clara. A partir de aquí Samuel inventa una relación con Clara en la que la receptora principal del cuento es la hermana de la fallecida, Carina. La recreación de Clara entre datos reales y falsos, el amor impostado, que a veces se convierte en un deseo de lo no poseído, y el amor fraternal que busca lo desconocido en el misterio que era para la hermana mayor la hermana menor unen a Samuel y Carina de una extraña forma. Mientras vamos descubriendo quién es Clara, asistimos a la intensidad de una relación imposible. Una novela de amor, con la particularidad de que una de las partes es un fantasma, una fotografía en blanco y negro, o quizá mejor una relación triangular con final desconocido y siempre bajo la tensión de saber si Samuel será descubierto en su impostura.
Por otro lado, la personalidad y el flujo mental de ideas y opiniones nos enseñan un perfil complejo y realista, a veces antipático y algo incorrecto, a veces sensible y, siempre, inteligente. Samuel es un hombre pragmático, que se ve abocado a una aventura emocional fruto de su mentira. Es un hombre con pasado en el que la palabra amor no cabe, es innombrable. Un hombre que piensa antes en los finales que en las propias relaciones, con "un gusto morboso por lo que se desmorona". Un hombre adaptado a la soledad, tan característica de nuestro tiempo, con relaciones de amistad poco profundas, que disfruta de Madrid desde su terraza, asomado a ese mar lúgubre y bello que son los tejados de una ciudad.
La novela peca de excesivo ensimismamiento y de cierto aire repetitivo y muchos de los personajes que rodean a Samuel están solo levemente esbozados pese a tener interés como personajes; nos quedamos con el deseo de saber algo más sobre ellos y la verdad, no sé si esto me parece un defecto o una virtud.
De forma adyacente, se ve en la novela una mirada crítica a la vida socioeconómica del país, a los efectos de la crisis, a las difíciles relaciones laborales y a la complicación que supone levantar una empresa del mundo de la construcción hoy día.
Un saludo afectuoso de El Criticón Lector.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)