miércoles, 24 de junio de 2020

"ORDESA". MANUEL VILAS

     Novela autobiográfica, por llamarla de alguna forma, esta del escritor aragonés Manuel Vilas, en la que abundan las memorias y las reflexiones más heterogéneas. Calificada como la novela del año, de lo que no cabe duda es que es una novela valiente, sincera, áspera y de la que emana una tristeza y un pesimismo cáustico en el marco de la introspección constante que aborda el propio autor. Al margen de los temas que abordaré, lo cierto es que en el libro encontramos perlas en las que se exaltan determinados sentimientos o un alarde de sensibilidad ante la belleza y el amor. Esas perlas, justo es decirlos, están en el interior de un proceloso mar de tristezas e inseguridades. También destaco una extraña calidad moral en la voz de la enunciación, fácilmente identificable con el autor real del libro, que es capaz de mostrar sus fallas más antipáticas para el lector, y al mismo tiempo recordarnos su calidad humana en otros. El juego entre lo ácido del protagonista y la permanente muestra de su invalidez estructural conforma, de algún modo, la construcción del personaje.

     Obviamente, en el párrafo introductorio podemos intuir que estamos ante un libro de peso y que deja poso. Que trata temas profundos, en una ambivalencia poética nada edificante y, desde luego, poco ilustrativa. La obsesión del autor es el recuerdo de los padres muertos. Todo el libro está transido de su recuerdo. Este es el origen del libro y el leit motiv recurrrente. No hay ausencia de los padres, su muerte ha generado en el autor una presencia constante y obsesiva en su vida. Uno de los mejores pasajes en este sentido, quizá lo valoro así por pura empatía con el personaje, por el hecho de sentir en mis propias carnes ese sentimiento tan bien expresado, es el del espejo y la presencia del padre.

" Me miraba en el espejo y veía no mi envejecimiento, sino el envejecimiento de otro ser que ya había estado en este mundo. Veía el envejecimiento de mi padre. Podía así recordarle perfectamente, solo tenía que mirarme yo en el espejo y aparecía él, como una liturgia desconocida, como en una ceremonia chamánica, como en un orden teológico invertido".
     El padre forma parte del personaje de modo ontológico, más allá del mero recuerdo.
"...no es que lo recuerde a diario, es que está presente en mí de forma permanente, es que yo me he retirado de mí mismo para hacerle hueco a él" 
     En definitiva, las ausencias de los padres acaban mostrando el lado más sensible y escrutador del propio autor, con resonancias filosóficas de, a mi parecer, gran calado:
"Todo el mundo pierde a su padre y a su madre, es pura biología. Solo que yo contemplo también la disolución del pasado y, por tanto, su inexpresividad final. Veo una laceración del espacio y del tiempo".
     Las manías del padre están muy presentes y, cómo no, están legadas al propio personaje, también su mutismo final, el silencio previo al silencio definitivo. También el arrepentimiento por lo no hecho, por lo dejado de hacer con ellos, por lo supuesto y no dicho. Sentimientos universales y humanos ante el dolor de la pérdida. Desahogo catártico, podía ser también la definición que aparece en la primera línea de la reseña.

     Otros temas del libro son los propios fracasos del autor. De ellos, su vida familiar ocupa un puesto prevalente. El amor a los hijos está marcado por una profunda incomunicación, especie de maldición familiar. El fracaso matrimonial, lo que implica en esta sociedad el matrimonio, el sacrificio en sus palabras ocupa páginas también reveladoras de una sensibilidad especial y de ese carácter sincero que transita el libro. El autor no duda en mostrarse mezquino e interesado, su interés por el dinero, los asuntos económicos, sus privaciones, su indigencia relativa (que desde luego habrá desparecido tras las ventas de este extraño best sellers) nos muestran quizá el lado más desagradable del autor, en ocasiones mezclado con un indiscutible rencor social. Su deseo de medro, no obsta que veamos frases de una belleza sin igual sobre la belleza. 
"Una renuncia a participar en el saqueo del mundo, eso es para mí la pobreza" .
      También destaco pasajes relacionados con la enseñanza y el profesorado. Muy duros. Que merecen una reflexión por parte de los docentes, sin caer en el victimismo, el triunfalismo o el corporativismo propio de toda profesión. Ya sabemos lo que se dice de los espejos deformantes. También son duros, por sinceros y por demoledores, los pasajes dedicados al alcoholismo del propio autor.

       La novela, o lo que sea este artefacto creativo, está escrita con una prosa axiomática y, a la vez, poética, con numerosas reiteraciones de estructuras y conceptos sobre los que se aportan matices diferenciados, a veces contradictorios. Es una novela que parece escrita sin método, al albur de la intuición poética del escritor, del que ya sabemos además de prosista es poeta. Destacan las fórmulas X es Y, de forma que las figuras de relación están muy presentes en el texto. 

      En definitiva, una obra intensa, profunda, de la cual sorprende su éxito pues es poco complaciente y reiterativa en sus motivos. Pero que permite observar cómo el escritor se abre en canal y muestra al mundo todo su interior. Un interior que, por lo que se ve, ha fascinado a los lectores. Mi intuición me dice que el autor no solo ha sabido verse a sí mismo, sino que ha sabido entrar en el corazón de cada uno de los lectores. Ha captado lo que de universal tiene la pérdida, el dolor, la insignificancia, el tráfago, a menudo incoherente, de la vida que, de eso no hay duda, algún día cesará.

     Un saludo atento, del Criticón Lector.

viernes, 8 de mayo de 2020

"EL PALACIO DE LOS SUEÑOS". ISMAEL KADARÉ

    Kadaré pasa por ser uno de los escritores albanos más conocidos en el mundo. Sin duda, esta novela tiene mucho que ver con este reconocimiento. Kadaré es uno de esos escritores comprometidos que han vivido el exilio de sus países y se la han jugado por medio del uso de la pluma y de verter con ella una denuncia poderosa a las instituciones dictatoriales que gobernaban en su país.

     Mark-Alem es un joven de una familia de la oligarquía otomana en pleno imperio, los Quyprilli. Este personaje será reclutado para trabajar en el Tabir Saray, el Palacio de los Sueños, una institución misteriosa y con poder, críptica e influyente en las decisiones del visir. Lo hará escalonadamente, pasando primero por selección, luego por interpretación y, por último, siendo el director general, el hombre con más poder dentro del Palacio. Se considera un rasgo de gloria imperial el hecho de que tenga rango institucional la interpretación de los sueños. Su reclutador le dirá, para entender la magnitud del trabajo realizado en el Tabir lo siguiente:

"Nuestro Palacio de los Sueños... tiene como misión clasificar y examinar no ya los sueños aislados de personas individuales..., sino el Tabir total, dicho de otro modo, el sueño de todos los súbditos sin excepción."

      Y apreciamos pronto el horror de tal Ministerio en la vida de los hombres:
"Todo lo que se muestra turbio o amenazante, o lo que pueda llegar a serlo al cabo de los siglos, se manifiesta su proyecto primero en los sueños de los hombres. No existe pasión o pensamiento maléfico, adversidad o catástrofe, rebelión o crimen que no proyecte su sombra mucho antes de materializarse en el mundo."
    Por tanto, el Palacio de los Sueños se perfila ya como una gigantesca y kafkiana  entidad de control por parte del poder. A lo largo de la novela observamos al Estado como ente de poder irracional, un poder caprichoso, que brota a menudo de los sueños, como un mecanismo simbólico de horror. Este horror tiene lógicamente consecuencias individuales que hacen ver a Mark Alem ataúdes saliendo del Palacio.

    Por otro lado, el libro también muestra la epopeya de supervivencia de la familia Quyprilli frente al Estado totalitario, epopeya que tiene su trasunto simbólico en una epopeya cantada en albano que tiene como protagonista a la familia, para envidia del visir. Para la supervivencia tienen que formar parte del engranaje del poder, aunque la familia no puede salir indemne. Como bien nos recuerda el nombre de la familia que hace alusión a un puente que quedó en pie gracias a la intervención heroica de un Quyprilli, para que el puente quede en pie es necesario el sacrificio de un hombre.

     Mención especial hay que hacer al Palacio como sede física. Vemos como tiene una disposición laberíntica, es frío y oscuro. Se hacen constantes alusiones al infierno, sobre todo por el trabajo realizado, recordándonos muy a menudo la influencia clásica de Dante. En este sentido hay una confluencia clara de lo clásico (los mitos grecolatinos, Dante) y lo moderno, ya que Kafka es la otra referencia indiscutible en la estructura irracional, vertiginosa del edificio en tanto entidad física y filosófica. Otra influencia que observo es la de Jung y su teoría del inconsciente colectivo.

     El libro concluye con un final extraordinariamente bello. Si en general hemos observado un caos oscuro  e infernal, el final nos devuelve a la vida, a la sensibilidad y no a esta metafísica de la inconsciencia a la que hemos asistido como lectores, estupefactos. La comprensión de la propia contingencia y de formar parte de un engranaje inmenso, gracias a la visión del eterno árbol de la primera primavera. Merece la pena leer el libro para saber de qué árbol hablo. Merece la pena llegar a este hermoso final. Para ello hay que transitar por el infernal camino del poder de lo ilusorio, de la ficción como parte del poder.

     En conclusión, estamos ante un libro de naturaleza distópica y con un alto contenido filosófico que pretende denunciar al poder omnímodo, arbitrario e irracional. Un libro en la línea de lo kafkiano, que nos recuerda en el poso y en los argumentos a Orwell también. Debo decir que "1984" es una de mis obras de referencia. Obviamente, es lógico conectar esta obra con la Albania contemporánea que Kadaré vivió en primera persona. 
 

domingo, 12 de abril de 2020

"EL RUMOR DE LA MONTAÑA". YASUNARI KAWABATA

     La literatura está llena de historias familiares. El caos o el orden familiar, eso es indiferente, siempre ha supuesto un universo que desentrañar para el novelista. Los lazos que unen, las quiebras que se producen en esos mismos lazos, las consecuencias que las palabras de los seres más cercanos pueden tener, se convierten a menudo en la zona de análisis e indagación del escritor. Kawabata, el Nobel japonés, escribe en este libro sobre este hecho con sus sutiles ramificaciones.

     "El rumor de la montaña" título que hace referencia a un capítulo inicial en donde se nos presenta al protagonista principal, el abuelo Shingo, y su percepción enigmática del rumor de la montaña que está frente a su vivienda. Shingo, un abuelo con pérdidas de memoria, es el referente sobre el que la historia se monta, además de ser la base de la familia que se nos presenta a continuación. Un protagonista de una redondez sobresaliente, con aristas inimaginables, capaz de lo mejor y de lo peor en la radiografía interna que muestran sus reflexiones, de una sinceridad a veces brutal, a veces de una sensibilidad de altura poética. La familia está formada por un hijo (Shuichi) y su mujer (Kikuko), una hija en proceso de separación (Fusako) con sus hijos y la esposa (Yasuko). Shingo es un abuelo de ideología tradicional, tanto de la vida como de las relaciones. Y, precisamente, las relaciones que le unen o separan de su familia, su modo de ver estas en sus reflexiones, serán el armazón argumental de la novela. Con su mujer, unido a ella en matrimonio por casualidad y como segunda opción, ya que verdaderamente quería a su hermana, más bella y agraciada que esta, mantiene una conexión ambivalente, hay complicidad, pero también un rechazo físico que no deja en buen lugar a Shingo. Sus comentarios sobre la fealdad de su esposa, sus ronquidos y la vejez de esta son constantes. Pero a la vez, en sus conversaciones, en su aceptación de roles, vemos un equilibrio y una aceptación ineludible. Así, entre sus reflexiones podemos ver la siguiente: " Para Shingo su boda no había sido un error. Un largo matrimonio no necesariamente queda sometido  a su origen." Más complejos son sus vínculos con su hijo y nuera. E incluso entre estos, como matrimonio. Shuichi es un antagonista claro de su padre. Su modernidad deviene en dejadez tanto familiar como laboral. Contra este proceder choca el abuelo y muestra rechazo a lo que él observa como decadencia y parálisis moral. Con Kikuko, la relación es compleja, casi ideal, la dulzura de Kikuko, sus atributos casi perfectos crean un vínculo emocional de naturaleza casi platónica y levemente erótico entre abuelo y nuera. Vemos este complejo triángulo en momentos como este: "Sintió la crueldad de Shuichi...¿Acaso su hijo no se daba cuenta de su pureza? La pálida, delicada, infantil cara de Kikuko, la pequeña de su familia, flotó ante él". La visión del matrimonio a veces se torna funesta: "Un matrimonio es como una ciénaga peligrosa que succiona sin fin las faltas de los cónyuges". Su hija será un fantasma postergado, que supone para Shingo un rango constante de culpa. Su matrimonio con un traficante de drogas, su desasimiento personal, su dependencia vital, junto con la de sus hijos, Shingo la ve con la culpa de haber elegido mal. Fusako, tristemente, aparece casi siempre retratada en comparación con Fusako, y siempre sale perdiendo. La constatación en el texto de que la misma hija sabe su posición en la escala de afectos del padre nos da la talla de este personaje, algo secundario, pero de una gran intensidad dramática. En cuanto a los nietos, el abuelo muestra también su cara más amarga, su lado más frío y casi perverso, pues no ve en él el amor que debería tener hacia ellos.

     Una lectura actual del texto nos ofrece la incómoda sensación de ver la postergación de la mujer, su sumisión con respecto al abuelo y al hijo, sostenedores de la familia. No puede ser de otra manera en la Japón de la posguerra, tanto por contexto espacial como histórico el libro se muestra verosímil en el diseño patriarcal de la sociedad. No se nos escapa, no obstante, la figura de la amante de Shuichi, Kino, que es un elemento de subversión a estos cánones. Su voluntad y fortaleza a la hora de ir por libre es, en este sentido, moderno y nos muestra las grietas que el Japón tradicional va teniendo al ir occidentalizándose tras la derrota del imperio. La guerra y esta nueva escala de valores son una constante latente en la novela, que sutil recorre la misma.

      Por otro lado, la novela también es muy actual en algunos temas que aparecen. Con la preocupación del anciano por la muerte, el mismo título es una especie de runrún funesto que ahonda en lo agorero, surgen dentro del hilo argumental temas tan candentes como el aborto, la eutanasia o el suicidio. A lo largo de la novela vamos viendo como el universo de Shingo se va desmoronando, poco a poco, a pesar de que él sigue en pie, siempre como sostén y preocupado por la familia.

      Además de la muerte, hay algunos lugares comunes que conectan con la literatura japonesa en su conjunto. Observamos, embelesados, el gusto y la sensibilidad por los pequeños detalles, generalmente ligados a elementos de la naturaleza cercana. Como los haikus, flores, árboles, sonidos aparecen desgranados con la sensibilidad de quien es capaz de ver a su alrededor lo que a la gente corriente le es imposible ver, más que por incapacidad por falta de verdadera atención. También es afín a la literatura japonesa la trascendencia dada a lo onírico. Los sueños con sus presagios, o incluso con sus visiones extraídas del verdadero inconsciente del protagonistas también tienen su lugar en la obra.

    Por último, me gustaría decir que pese a que lo que se cuenta puede trascender, el tono y el estilo parco, frío, a veces, muy lento y algo plano hacen que la trama, bien urdida, y los temas, interesantes todos, no exploten en una obra plenamente redonda y, por momentos,  nos resulte monótona. Aunque los aciertos, querida gente letraherida, superan en número este pequeño escollo.

     Y nada más, un saludo del Criticón Lector.
     

miércoles, 12 de febrero de 2020

"KAFKA EN LA ORILLA". HARUKI MURAKAMI

     "Kafka en la orilla" es una creación extraña y deliciosa, un artefacto construido como si fuera tratado por un maestro orfebre. Su fantasía está sutilmente mezclada con la realidad y los hechos más extraordinarios se nos aparecen con una normalidad que nunca chirrían en el conjunto. Es una obra a la vez oriental y occidental, mágica y realista, intelectual y vital, espiritual y materialista, de personajes y de acción. En definitiva, nos encontramos ante una obra de un profundo sincretismo compositivo y argumental, escrita en el habitual estilo natural y accesible del autor japonés.

    La obra se centra en las andanzas en paralelo de dos personajes, el joven Kafka Tamura (nombre autoimpuesto, ya que Kafka significa cuervo en checo y el joven llamado cuervo será una voz interior que acompañe al personaje en todo momento) y el anciano Nakata. El primero se escapa de casa, oprimido por el padre, soñando con vivir en una biblioteca, sueño que se cumple. El segundo es un hombre que puede mantener conversaciones con los gatos y al que se le borró totalmente la memoria tras un incidente en el bosque en la niñez en el que cae en una ausencia prolongada ("había regresado a este mundo como una hoja de papel en blanco"). Dos personajes de una entidad tremenda, de los que se quedan en la memoria. En sus búsquedas, de sí mismo en el caso de Kafka, de la piedra que abre y cierra el portal a otro mundo en el caso de Nakata, mantienen relaciones con una serie de personajes igualmente inolvidables. Kafka emerge de su soledad con dos personajes. Primero, con el hermafrodita Oshima, escindido en su ambivalencia hombre-mujer y voz  que, en ocasiones, tiene un resabio magisterial y esclarecedor. Una voz profundamente intelectual y sensible. También se relaciona con la señora Saeki, directora de la biblioteca. Su vínculo será capital en la novela, pues es ¿madre? y amante y su relación vendrá a culminar la profecía del padre ("Tú algún día matarás a tu padre y te acostarás con tu madre"). Por consiguiente, las connotaciones de rango mítico se significan de forma manifiesta y clara; lo profético y lo edípico se aúnan en esta bella relación en la que también tendrá su importancia lo onírico, pues la señora Saeki aparece en forma espectral en la habitación de Kafka en su juventud. Un amor que, en última instancia, será un salvavidas para Kafka. Nakata, a su vez, entablará una relación, también bellamente construida, con un camionero, Oshimo, que se encuentra en su camino, llamado por fuerzas misteriosas y desconocidas. Las cosas que ocurren cuando está Nakata vienen a mostrar un realismo mágico de naturaleza orientalista. Oshimo será un escudero fiel y un actante principalísimo para la resolución de los conflictos en el azaroso viaje de Nakata.

     En general, el libro ahonda en problemas existenciales de calado, que no escasean en la tradición literaria, y está escrito sobre una base argumental algo indefinida y ambigua, pero que te mantiene atado a los personajes, a sus extrañas vivencias. Por otro lado, un espacio-idea clave de la novela es el del mundo paralelo. La idea de un mundo alternativo que en circunstancias extraordinarias puede interceder con el nuestro es muy habitual en el ámbito literario, con antecedentes tan excelsos como el propio Lovecraft. La muestra de este mundo es perturbadora, pues uno no sabe si esa atemporalidad en la que se nos introduce es una especie de infierno aséptico o un paraíso alejado del dolor.

     Quizá la falla más achacable al conjunto sea su exceso de páginas con información redundante o excesiva. Esas informaciones sobre la ropa o los hábitos de los personajes emborronan, a mi juicio, una novela casi sobresaliente. Por lo demás, no es una novela que aporte respuestas, sino más bien que deja el sutil encanto de las buenas preguntas y las reflexiones que indagan en esas partes íntimas del lector que a veces se explican con la lógica, pero que la mayoría de las veces quedan tras el velo de lo irreal.

   Y nada más. Un saludo del Criticón Lector.

jueves, 30 de enero de 2020

"ACCESO NO AUTORIZADO " BELÉN GOPEGUI

    Sobre las base de una historia de hackers, Belén Gopegui, intenta mostrarnos con su novela los entresijos del poder, las luchas intestinas en el mismo y el escaso margen de actuación que tienen quienes consideramos los de a pie que tienen grandes posibilidades de intervenir en la vida pública.

     Los protagonistas tejen hilos de relación para acabar en nada. Su intervención, su lucha queda en un infructuoso intento de cambiar la realidad. Un abogado que intenta ayudar a un hacker amigo que se ha metido en un lío con gente peligrosa que pelea por datos y una vicepresidenta del gobierno que esconde inseguridades tras su imagen de imperturbable reina egipcia tratan de conseguir sus objetivos. Él ayudar a su amigo, enamorar a su amiga Amaya, de la que está perdidamente enamorado y volver por la senda del compromiso personal en lo colectivo. Ella llevar a término un proyecto normativo que supondría un giro social a la política del gobierno, escorada más de lo que dicen las siglas del partido a la política liberal. 

     Dicho esto, parece claro que estamos ante una novelización de un periodo histórico concreto de la historia de España, las postrimerías del gobierno Zapatero. La vicepresidenta no puede ser otra que el alter ego de María Teresa Fernández De la Vega. La novela se convierte, pues, en un retrato de una época a la que se añade la trama informática, con sus misterios, su jerga, sus personajes frikis y su insondable capacidad de intromisión en la intimidad y en lo ajeno. De ahí se deriva una de los mejores logros de la novela, el miedo de los personajes. El espía obligado, que es el amigo del abogado, se siente perseguido y vigilado porque quiere dejar de ser un peón en el mafioso organigrama de especuladores de datos.

     Una casualidad hace que el abogado, hacker aficionado, se introduzca en el ordenador personal de la vicepresidenta, y lejos de ser rechazado por esta, ella lo acoge como a un invitado al que le cuenta algunas de sus preocupaciones, en un quid pro quo muy peliculero se entabla una relación, que si no fuera por lo falta de verosimilitud que la encuentro, es de lo mejor de la novela. Para la vicepresidenta el abogado será la flecha (pues así se manifiesta en su ordenador) y con este interlocutor desconocido mostrará un extraño fluir de la conciencia que significa claramente la necesidad de esta compañía real. En sus conversaciones muestra su miedo a mostrarse débil como cuestión aneja al poder.

    Sobre el poder se producen bastantes reflexiones, algunas bastante profundas. Así por ejemplo, "el ejercicio del poder se caracteriza , entre otras cosas, por un continuo ir y venir de secretos que hay que administrar". O sobre las cualidades de quien ejerce el poder: "como todos los perfeccionistas, la vicepresidenta no solía ser demasiado exigente con sus subordinados próximos: disculpaba el error y no pedía rendición de cuentas. Sabía que la medida real eras su propio perfeccionismo". Y, por supuesto, se observan en primera persona las luchas entre los diferentes sectores del socialismo, sus malas artes. En conjunto, se puede intuir la voz de la autora, que acompaña a las reflexiones de la vicepresidenta, cuando se queja de los giros de la política del gobierno y de la decepción que eso le supone. Llega a criticar el posicionamiento del partido con la fuga del marxismo, al hablar con un histórico del partido venido a menos, pero con un halo de figura moral o, mejor dicho, de bastión de los principios del partido.

     En general, me parece una novela fallida en la trama informática, bastante tendenciosa en lo político y correcta en el manejo de las relaciones humanas entre los personajes. Para despedir la reseña pongo una cita extraordinaria del libro, una reflexión oscura y certera en su planteamiento como pregunta sobre el paso del tiempo y la transformación que conlleva. "¿Qué te parece más desolador: mirar a un crío y ver en sus rasgos y gestos al adulto ya vencido, o mirar a un adulto y ver en sus rasgos y gestos al niño que sigue siendo, desvalido, imprudente, fascinado?"

martes, 7 de enero de 2020

"MALA LETRA". SARA MESA

    Conjunto de cuentos de la autora sevillana, nacida en Madrid, que abordan, desde una perspectiva perturbadora o, en todo caso, poco gratificante, los recuerdos y la familia. La autora, una voz personal y potente de la narrativa actual española, nos cuenta en sus relatos, con numerosos sobreentendidos y silencios, historias duras, difíciles de asumir por un público que no sea audaz y con ciertas tragaderas morales. Relatos que, en algunos casos, están interconectados y se explican unos a otros y que en conjunto son un canto a la literariedad y un puñetazo al estómago al biempensante, pues ataca de lleno conceptos base de nuestra sociedad.

    En "El Cárabo", dentro de un ambiente familiar opresivo, también con el elemento nocturno y la naturaleza hostil coadyuvando para la sensación de agobio en el lector, nos cuenta la celebración triste del cumpleaños de una madre de 22 años al cuidado de unos tíos, que suponen una entidad familiar alienante y represora.

    "Mármol" nos reconduce al mundo del pasado, con recuerdos de los niños de los ochenta. Recuerdos oscuros de cuando los abuelos se tiraban por las terrazas. Las referencias a la obsesión por cómo coger el lápiz en el colegio, a la vida del barrio, al primer amor nos traen a la memoria, con nitidez, aquel tiempo de infancia callejera. La anécdota, triste y dura, que hila con los suicidios de los abuelos, es el suicidio del joven amado y surge al encontrarse con una amiga. El final del cuento deriva en una sutil reflexión sobre el hecho literario, sobre el significado de la literatura como recreación y, por tanto, como mentira.

    "Apenas unos milímetros" es un cuento de terror sicológico en el que una docente enseña a un niño cuyo único movimiento es el título homónimo del cuento de sus ojos. El chico, según su cuidadora, se entera de todo. El dilema moral que nos ofrece el relato es desgarrador y nos pone de lleno en el sentido de lo que es el ser humano y de la culpa colectiva de la salud frente a la enfermedad, del sinsentido cósmico del que tiene la papeleta buena frente al que no la tiene.

    "Creamy milk and crunchy chocolate" es un relato sobre el remordimiento y la culpa. Una culpa que raya en lo enfermizo, pues sobrepasa la lógica. También habla del amor, pero un amor basado en la necesidad más que en los principios del amor romántico a los que estamos acostumbrados.

    "Palabras-Piedra"  nos coloca a la joven del cuento de El Cárabo en otra época de su vida, la niñez. La tiranía, la falta de compasión de la tía, se observa en en secuencias tan duras como esta "... otra vez la exigencia, las insinuaciones, las palabras-piedra, el aislamiento, otra vez todo aquello...". La tía ofrece siempre una visión podrida y viciada de la realidad y ello produce efectos perversos en la psique de la niña. El continuo desprecio de "lo llevas en la sangre" en un puritanismo de corte reaccionario, nos deja entrever un misterio en relación con la madre casi de reminiscencias de novela decimonónica.

   "Nada nuevo" es una conversación sobre un relato, un análisis sobre lo que es la ficción. Es un relato donde se juega entre la realidad y la ficción. El protagonista es un viejo coronel franquista de soledad oscura.

     "Nosotros, los blancos" es un relato que empieza con una voz inocente, provinciana, de la que el lector fácilmente se hace partícipe. Una joven que va a visitar a su hermana díscola. Pero conforme avanza el relato, este empieza a rodar zonas oscuras, incómodas, ásperas. La pobreza, la mezquindad, la sangre hasta llegar a un racismo pueril. Y lo que parecía un relato sobre las relaciones familiares, el poder que los padres ejercen sobre las hijas, se ha convertido en un insidioso relato de horror.

    Pero para horror el relato titulado "Papá es de goma", la historia de unos niños con su padre muerto en la cama. El mayor de los hermanos se hace cargo de la situación y sus desvelos, sus logros tienen un punto de lucha por la supervivencia.

     En "¿Qué nos está pasando?" se analizan las relaciones laborales desde una óptica femenina. Pero es la sordidez la que nos convoca. La triste respuesta a la pregunta del título es que lo que pasa es que las mujeres protagonistas se venden. El abuso de poder y la sumisión voluntaria en el trabajo contactan al final del libro con la triste espera de un marido humillado.

     "Picabueyes" nos devuelve a la protagonista de "El Cárabo" en la adolescencia en el pueblo, el deseo de libertad contrasta con lo opresivo de los pensamientos. Su viaje en bicicleta acaba con la cruel intervención de los jóvenes lugareños, que abusan de la jovencita. Pero la preocupación de la niña pese a todo es qué decirles a las tías si no vuelve con la bicicleta, pues se la han roto.

    En "Mustélidos" se vuelven a analizar las relaciones humanas en el contexto laboral, que devienen en cierta imposibilidad de llegar a conectar con el otro. También en este texto se observa el interés de la autora por desentrañar o analizar el hecho literario, pues la protagonista es escritora de cuentos en sus ratos libres. Surge así la idea de la escritura como desagüe, como evasión.

viernes, 22 de noviembre de 2019

"CÁNDIDO EN LA ASAMBLEA". JOSÉ JUAN DÍAZ TRILLO

     José Juan Díaz Trillo es filólogo, profesor, político, erudito y escritor, sobre todo, escritor. Nos regala a los lectores una nueva revisión del arquetipo literario del Cándido, ese paradigma de comportamiento optimista que comienza su andadura con Voltaire, para luego pasar por las manos de ilustres escritores como Leonardo Sciascia o, en estos tiempos, el autor onubense, Díaz Trillo. Para este, después de haberse dedicado principalmente a la poesía, la terminación de la novela se ha convertido en el saldo de una deuda artística pendiente. 

     La historia del Cándido de Díaz Trillo está contada en dos tiempos intercalados, una en primera persona y otra en tercera persona. En la primera se observa la conformación del personaje en un bildungsroman de inspiración literaria y con numerosas referencias textuales. Concebida como un artefacto narrativo complejo, la historia que se nos cuenta confecciona una dualidad  en un mismo personaje en la que la trabazón, el engarce entre ambas partes, pacientemente elaborado, lo veremos al final de la novela. Así, esta primera parte, la llamamos de esta manera porque aparece Cándido desde su nacimiento hasta la madurez, nos ofrece el viaje desde la candidez del niño al escepticismo de la madurez, escepticismo cincelado por acontecimientos desgraciados históricos, vividos en primera persona, y también por el fracaso amoroso. Sin embargo, en la segunda parte, que se desarrolla en la Asamblea parlamentaria con el protagonista como transcriptor de las intervenciones de los diputados, vemos el movimiento contrario. Nos encontramos con un Cándido que resulta extraño al lector por su escepticismo. De hecho, al estar estructurada la novela con secuencias de las dos partes una detrás de otra, esta parte produce extrañamiento al lector porque en sus numerosos diálogos con Carlos, personaje del que hablaremos, Cándido no es cándido, ni optimista. Como dije, tendremos que esperar al final de la novela para ver el porqué de esta posición vital de hombre vencido y escéptico. Pero lo trascendente, desde el punto de vista estructural, es que en esta segunda parte que se desarrolla en el presente Cándido pasa de este estado convaleciente y apático a un optimismo moderado, cerrando el círculo largamente trabajado.

     Los personajes que rodean a Cándido provienen del ámbito familiar, de las amistades y del entorno laboral. Cándido proviene de una familia desestructurada de muy buena posición. Sus dos abuelos son los cabezas de familia y entre ellos se forja una relación de gran belleza simbólica, que viene a representar la posibilidad del acercamiento de las eternas dos Españas enfrentadas. Hijo de un desliz de verano, Cándido es criado en un ambiente poco convencional, con sus padres desaparecidos dedicados a sus estudios en Madrid y Granada. En el pueblo, sus referentes femeninos serán la asistenta, que es prácticamente una más de la familia, y su tía. La relación con sus padres es un relato triste de desencuentros y ausencias, con una madre casquivana y superficial, que, andando el tiempo intentará sin lograrlo, redimirse; y un padre con penas de amor que transforma su vida en lucha colectiva por un mundo mejor. Entre los amigos destacan Emilio y Sofía. El primero representa la amistad a través del tiempo y la segunda al amor, un amor realista, que pasa por fases y en el que se reflejan esos momentos decisivos que deciden el devenir del mismo. ¡Esas cartas de antaño! La presencia de Sofía es fundamental en la transición psicológica del protagonista, en ese péndulo existencial en el que vemos que se mueve de forma matizada a lo largo del tiempo.

     En la asamblea Cándido mantiene relaciones con sus compañeros. Especialmente relevante es su amistad con Carlos, médico y diputado por Badajoz, que está escribiendo una historia sobre Cándido y que, por tanto, supone un añadido experimental a la novela, pues de alguna manera estamos ante un juego de espejos y de metaliteratura. Surge la figura de Carlos como narrador implícito de la novela. Cándido también se relaciona con un personaje extraño y misterioso: el jardinero. Se trata de un sabio dedicado en exclusiva al ejercicio de su noble arte. Al final de la novela se desvelará su secreto y los sutiles hilos que unen a los personajes.

   Otro detalle del trabajado esfuerzo creativo es la presencia de lo que en cine viene a llamarse mcguffin, ese elemento narrativo que hace avanzar la historia, aunque después no tenga demasiada importancia. En la Asamblea hay un misterio que parece que pone a Cándido en su juego, mediante mensajes en la puerta de los baños o cambios en las actas mejorando el discurso original. Queremos saber quién es el diablillo tergiversador de documentación, pero realmente importará bien poco. Entre el marasmo de palabrería hueca qué más da que se lime el estilo o se mejore el mensaje para, al menos, parecer que nos acercamos a vivir en el mejor de los mundos posibles

    En el debe de la novela encontramos el exceso de amplitud de foco. Hay gran cantidad de personajes, a menudo desdibujados e intercambiables. Las amistades universitarias individualizadas con un simple nombre, sin rasgos a los que acudir, acaban por ser meros elementos de relleno de la historia principal.  La idea de novela totalizante quizá inspiraba al autor.

     En conjunto, nos queda la imagen de un personaje muy humano, que respira el mismo aire del lector. Sus vaivenes, sus pensamientos, su ideario, sus costumbres y también sus pequeñas heroicidades nos ofrecen a un personaje literario de gran envergadura. En sentido contrario, hay pasajes del presente politizados y, en ocasiones, la representación de algunos políticos es algo grotesca, lo cual no se cohonesta con la verosimilitud generalizada del libro.

     Otro apartado del texto a destacar es el hecho de que se vierten numerosas opiniones políticas,en las  que no se esconde el ideario progresista de los personajes, algo lógico dada la condición de operador político activo del autor.

      Concluyo con una cita del "Cándido" de Voltaire: "Si éste es el mejor de los mundos posibles, ¿Cómo serán los otros? ". Aquí, en la obra de Díaz Trillo, tenemos una muestra de otro mundo alternativo al de la obra del ilustre e ilustrado francés. Juzguen ustedes su valía.